Las clases de francés son nuestra cita obligada de los viernes a la siesta. Después de comer y hacer un poco de fiaca, Matías y yo juntamos los útiles y salimos rumbo a Caseros y Velez Sarsfield. Estoy acostumbrada a destacarme en las clases y a que los profesores sepan mi nombre. Este año, las cosas cambiaron. En julio, cuando nos entregaron el primer parcial, me quedé varios minutos observando con orgullo en silencio mi 10 escrito con tinta roja. Al lado de la nota decía 98/100. La alegría no me duraría mucho, ya que escasos segundos después que yo, Matías recibió su examen. También era un 10. Solo que al lado decía 99/100. Matías no pestañea para no perderse nada de la clase. Yo le hago dibujos en el cuaderno y se los muestro, pero el me hace caras para que deje de molestar y sigue con la vista fija en la profesora. Matías escribe más prolijo que yo, anota los temas que entran en el segundo parcial, participa en la clase y la profesora lo llama por su nombre. He creado un monstruo.
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